4. NINA SIMONE


El poder abrasivo de su obra se convierte hoy en lienzo pintado maquinalmente, en aleaciones desmedidas, reuniendo colores de diferentes matices, con subrepticia atrocidad. El eclecticismo reunido a través de su obra, ya enmarcada, se ha reunido para hechizar al espectador, para convertirlo en furia.
El trémolo de su voz, cautivante, áspera, desenfadada, devenida en murmullos de jazz, en tristes plegarias de amor, nos lleva inquietos a un reconocimiento espiritual. A una sucia forma de ver el interior de las cosas, sin suponer, o dar por supuesto, que las formas son de una manera aparente, determinada.
El canto de Nina Simone desespera, acumula fatigas, deviene en estados tan opuestos como significantes. A veces, acomete en gritos desgarrados para luego bajar en un tobogán a un susurro impertinente, o a un jadeo profundo.
Quizás, se inmortalizó con “Killing me softly” (al margen, una gran canción); pero tras el hit pegadizo y ganchero hubo muestras más que contundentes, más que esforzadas por encontrar a la artista, a la verdadera.

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