DR. STRANGELOVE OR: HOW I LEARNED TO STOP WORRYING AND LOVE THE BOMB (1964)

Género: Comedia
Reparto: Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, Keenan Wynn.
Guión: Stanley Kubrick y Terry Southern (Novela: “Red Alert” de Peter George)
Producción: Ken Adam
Música: Laurie Johnson
Fotografía: Gilbert Taylor

Un escuadrón de B-52 es enviado a realizar un ataque nuclear sobre Rusia. El responsable es el General Jack Ripper, que se ha vuelto loco y sospecha que los comunistas han comenzado silenciosamente una invasión, comenzando por contaminar los "fluidos vitales". El Capitán de la Fuerza Aérea Británica, Lionel Mandrake, que se encuentra en pasantía en la base, comienza a espantarse de los razonamientos del General, e intenta por todos los medios obtener el código para anular el ataque. Pero la base es prontamente sitiada y, ante la inminencia de la rendición, Ripper se suicida. Mientras, en Washington, el presidente de EEUU Mirkin Muffley advierte a los rusos sobre el ataque imparable, mientras lidia con sus generales, que ven en el incidente la oportunidad para lanzar un ataque demoledor sobre la Unión Soviética.

El recurrente caso del poder por poder. La simulación histriónica de una cuestión fálica que se debate en la cabeza de los enajenados, de los hombres que amplían sus límites (geográficos) por un capricho obsesivo. El tema central de “Dr. Strangelove” no es más que la suma de todas las partes de una sociedad que se redime entre el miedo, la inoperancia, la insatisfacción, el hastío. Otra vez, Kubrick imprime en el palimpsesto fílmico su idea sobre la guerra, sobre el poder y sobre quien lo controla. La irracionalidad como método de supervivencia, de proyección hacia las consecuencias terribles, sin importar los resultados, las víctimas, los pueblos en llamas, el cáncer, las malformaciones, el olor putrefacto del muerto desenterrado.
Recurriendo a un genial Peter Sellers quien encarna a tres personajes a la vez, pone al descubierto la ineficacia humana y las consecuencias reinantes que se relegan a quienes sin tener demasiado que ver, pagan por ellos. Llena de simbolismos típicos de la comedia negra, Kubrick muestra al degenerado fascista que impone órdenes en beneficio de sus propios intereses, desnudando su inutilidad. Como ya nos había mostrado en “Paths of Glory”, el ser humano que impone poder y política de miedo, es el que más se equivoca. Preso de su propio discurso se vuelve suicida o, mejor dicho, vuelve suicida a su pueblo, saliendo ileso.
Esta vez, Stanley Kubrick desenmascara las políticas exteriores (y de expansión, imperialistas) norteamericanas en plena guerra fría, traduciendo en obsesión lo que su pueblo teme y se avecina como el terror: el comunismo. Él redobla la apuesta y atomiza, con sutil simbolismo, a los líderes en quienes ese mismo pueblo otorga confianza.
Otra vez, el tema de la moral intelectual recurrente en el realizador. Nuevamente pone en el tapete la invisible división entre el bien y el mal, actuando esta vez, como un medio de desmitificación del supuesto enemigo. Y es excusa para hacer una crítica concienzuda de lo que representa el concepto (ya no el objeto): Bomba atómica. El medio para pensar, la prueba tangible de un terror latente, de una bomba de tiempo con que se mantiene sosegada (y así callada) a la nación.

ANECDOTARIO
En un principio la película iba a terminar con una pelea de tartas entre todos los que estaban en la sala de guerra, y finalmente con el presidente (Peter Sellers) y el embajador de Rusia (Peter Bull) jugando a dar palmas. Este final se eliminó por estimarse poco necesario.


0 crónicas póstumas: