FULL METAL JACKET (1987)

Género: Bélica
Reparto: Matthew Modine, Vincent D´Onofrio, R. Lee Ermey, Adam Baldwin.
Guión: Stanley Kubrick, Michael Herr, Gustav Hasford (Novela: The Short-Timers)
Producción: Stanley Kubrick
Música: Abigail Mead, Vivian Kubrick.
Fotografía: Douglas Milsome

Un grupo de reclutas se prepara en Parish Island, centro de entrenamiento de la marina Norteamericana. Allí está el sargento Hartmann, duro e implacable, cuya única misión en la vida es endurecer el cuerpo y el alma de los novatos, para que puedan defenderse del enemigo. Pero no todos los jóvenes soportan igual sus métodos.

Si “Senderos de Gloria” era su película antimilitar por excelencia, en “Full Metal Jacket”, Kubrick, redobló la apuesta. Su intensísimo estudio sobre la existencia del ser humano en todos los campos de la ciencia es la mayor obsesión (y única) del director neoyorquino. Para analizar esta película hay que dividirla en dos partes, diferentes cada una, similares por igual.
La primera parte, en la que los reclutas novatos se entrenan en un campo militar es, el estudio antropológico, físico y psicológico de la guerra, del milico indolente, de la virilidad sucia y despiadada del rector. Kubrick no propone nada nuevo, solo desvela el oscuro sometimiento de los altos grados militares para con los nuevos soldaditos, los inofensivos, los que salen de sus casas con sus zapatillas nuevas, con la música en el altoparlante, con el peinado engominado, con la novia en la foto. Ese, el civil, es victima de una transformación tenaz, inhumana, despechada, convirtiéndolo en una máquina de matar. A prueba del rigor militar, del sometimiento amoral de la casta fascista que maneja la milicia. Stanley parece plantear un esclarecimiento aún más valedero: no es la violencia física el factor-reactor del asesino, no. La violencia verbal, el despotismo inusitado puesto al relieve de la degradación, de la acusación leve y el castigo tortuoso. Ese método ignominioso es el catalizador, la forma más repudiable de convertir ovejitas en lobos.
La segunda parte, es lo pornográfico de la guerra, lo explícito. Donde recrudece el drama, pero a su vez, la parte humana que brota inconsciente en esas máquinas de matar, en esas chaquetas metálicas. Las decisiones entre morir o matar, son un planteamiento moral (darwiniano diría), pero que sólo se justifica por un hecho injustificable: la guerra. Allí, esos peones de ajedrez, deliberan irracionalmente entre matar a un desconocido, a una cara sin descubrir, a una sombra, para seguir viviendo. Y se ayudan entre sí para ser más fuertes, se apelotonan en una amalgama fútil para derrotar al adversario. Esos mismos, que en tiempos de capacitación asesina (la primera parte), se sectorizaban por etnias, por credos, por poder. Los mismos que se juraban la muerte, en la guerra se alían.
Stanley Kubrick, luego de siete años, vuelve a entregarnos una película que no presenta un sofisticado entramado. Es, la representación fiel y auténtica de sus convicciones, de ese sentimiento delator de las sociedades viles, de la absurda capacidad racional del ser humano.
El tratamiento estético también el director lo divide en dos partes, no casualmente. La primera, se centra en planos secuencia, con steadycam, fiel a su impronta; se pasea por entre las botas militares, las patas de la cama, el llanto desgarrado y el suicidio latente. La segunda parte, cámara en mano, se mete en el barro, en la explosión cercana, se atrinchera y huye; en plano secuencia también, acompañando al Pvt. Joker (M. Modine) por toda la batalla. Insaciable.

ANECDOTARIO
“Full Metal Jacket” tiene una serie de simbolismos propios de Kubrick, que, insospechadamente convirtió al film en una “de culto”, por sus latentes referencias a los westerns (principalmente las del “yonki” John Wayne, a la cultura pop norteamericana y a Mickey Mouse. Obviamente, siempre crítico.

Dato IMFREAKALOT
“Full Metal Jacket” fue estrenada con solo dos meses después de la súper aclamada y premiada “Platoon” (“Pelotón”) de Oliver Stone, por ello, no tuvo tanto éxito en Estados Unidos. Sin embargo, el tratamiento dramático pone al relieve el distanciamiento y la diferenciación con su indirecta competidora.


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