The Kooks en Argentina


Miércoles 17 de Junio, La Trastienda

Entre las babas del Diablo y la muerte en espera

20.30, demasiado temprano para el rock – me dije. Bueno, era miércoles al fin de cuentas e, inclusive los rockers se esconden tras la burocracia de los escritorios y de las salas de espera, sirven el café a un jefe idiota (semi fascista) que tiene un piso en Barrio Norte y una casa de fin de semana en Pilar. Ese rocker, se levanta a las 7.30 de la mañana. Ahora entiendo.

Llegar a San Telmo para ver un recital es algo un poco extraño, es una paradoja antropológica si se lo ve desde otra arista. El adoquín y el farol tienen más que ver con la gomina tanguera, que con el chirrido de una Fender Stratocaster. Además, las callecitas esas me marean, me dan la impresión de estar acorralado, y el anacronismo, claro; los conventillos de cara mugrienta y frente a ellos, los turistas con Euros tomando una Coca Light a 25 pesos. Eso es San Telmo, un barrio poco rocker: donde huele más a bohemia intransigente (pseudo intelectualismo, bastardo, bazofia) y a perfume importado que a verdadero cinismo intelectual. En fin.

Llegamos a “La Trastienda”. Demás está decir el precio de la entrada si se tiene en cuenta tres factores: uno) el precio de cualquier espectáculo en este país; dos) el precio de un espectáculo internacional; tres) el precio de un espectáculo en “La Trastienda”.

El lugar, copado por preadolescentes que, consternadas con la muerte de Fernando Peña (un saludo al más allá, genio), gritaban paranoicas: - ¡Viste que se murió Peña, boluda! Y un sector de la muchachada imitadora ferviente de los movimientos subterráneos de la movida inglesa, pero argenta. Desfilaban ante nuestros ojos (los de Clementine y míos) chicos new wave, revendedores de entrada y las preadolescentes ya citadas. La cara de consternación mutua fue precisa, pero llegó el consuelo justo de Clementine: - ¿Y qué esperabas?

Un puchito previo, mientras por la calle Balcarce aparecía una combi que, luego confirmamos, transportaba a los Kooks. A partir de ese momento, comenzaron los gritos histéricos de las niñas, corrida mediante.

Entramos al recinto y para romper el hielo (el típico icebreaker previo del recital) brindamos con una birrita. El desfiladero prosiguió: nunca, desde que voy a cualquier recital vi tanto emperifollaje, tanto olor a perfume, tanto gel en la cabeza, tanto brillo en los zapatos. Si, comparado con los de Dos Minutos o Rata Blanca, estaba claro.

El lugar estaba repleto, diría un setenta y treinta con mayoría de mujeres. Esperamos, no mucho, diez o quince minutos hasta que las luces se apagaron, comenzó el estridente sonido de la guitarra y el telón comenzó a abrirse. Cabe destacar, que no pude escuchar demasiado pues, el grito de las muchachas hacia imposiblemente audible el instrumento. Acto seguido, la clásica avalancha y como nunca vi, el desfiladero (estoy utilizando mucho esta palabra, perdón) de celulares que iluminaban el cielo, en plena oscuridad. Rock plástico, rock electrónico, rock sincerebro, ¿hasta dónde van a conducir la banalidad, no los músicos, la gente?

The Kooks, sin embargo, hicieron su parte. Entregaron un recital parejo, una catarata incesante de canciones prolijas, armónicas, bien tocadas. Típico del rictus inglés. Prolijamente, también el vestuario acompañaba, hicieron que me olvidara del entorno. Aún cuando, a menos de dos metros, una chica (enana) peló un cartel como si se tratara de un recital de Axel o Ale Sanz o cualquiera de esos cantantes proclives a la calentura púber. Quizás eso haya sido uno de los motores por el cual no fui a agitar, permanecí atrás, en la oscuridad, junto a Clementine y un par de vejetes (o sea, de nuestra edad) que estábamos ahí por la música, por el show.

Correcta performance del cuarteto británico. Soberbia actuación de Luke Pritchard (vocalista), desplegando un histrionismo escénico digno de admirar. Sudando la camiseta, bailando y agitando al público (sobretodo a una rubia del Pullman que, seguramente, le calentaba). Recorriendo su escasa discografía en menos de dos horas, desplegaron esa capacidad seductora que irradian sus temas, transformándolos en virtud escénica. El resto es conocido (para los que alguna vez se toparon con una banda inglesa), un tema tras otro, un recorrido emocional oscilante, sonido parejo, excelso y un: - mushas kracias – final.


POSTULADO FINAL

No quiero pecar de machismo, no. No está en mis genes. Pero, cuando se trata de un espectáculo en el cual deposito expectativa y, por el cual, se ve opacado por una casta infame de niñas no acostumbradas al rock, tengo la necesidad de aseverar (irracionalmente): basta de mujeres adolescentes en los recitales. Su griterío es insoportable. Sus manías, adoptadas de otro tipo de ámbito no condicen con mi naturaleza, con la naturaleza de los espectadores de rock. ¡Hasta llevaron carteles hechos con cartulina! Sólo pido una cosa: Vayan a ver “Casi Ángeles” chicas, acá no hay lugar.


Disculpen que no tenga fotos del recital pero, no tengo celular con camarita y si tuviera, no lo llevaría a un recital: ¿usted si?


1 crónicas póstumas:

Clementine Kruczynski dijo...

Considero poco machista y muy acertado el comentario respecto a las chícas fanáticas de Luciano Castro, las vinchas multicolores y Kooks.

Vamos chicas ! El rock tiene NADA de pañuelitos Isadora al cuello y perfume CH... pero acaso Kooks no tiene un poco de remerita Armani canchera?
Me parece que no se le puede pedir tanto al público cuando los protagonistas emanan un poco de ello...

Más allá de eso, Excelente Show !